miércoles, 1 de febrero de 2012

La Revolución Calvinista


El reinado de Felipe II coincide con el asentamiento del calvinismo, credo instigador de las grandes luchas políticas de Francia, Holanda, Alemania e Inglaterra. Su creador, el francés Juan Calvino, formó parte de la segunda generación de reformadores.
Inspirado en las tesis luteranas, el calvinismo desarrolla la doctrina de la predestinación; la convicción de ser elegido por Dios.

Frente al Absolutismo monárquico, los calvinistas opusieron su convicción del pueblo escogido. Agresivos e intransigentes con cualquier mediación entre Dios y el hombre, ya fuera la Iglesia
o el príncipe, fueron perseguidos tanto por católicos como por luteranos. Su sistema social basado en la elección pública y, por tanto, en la igualdad, conducía a la disolución del poder real.

En una Europa en la que el Absolutismo imperaba como modelo de Estado y cuya legitimidad era religiosa la idea de un concepto liberal y democrático suponía un gran rechazo. Y mas si este, la religión, es el elemento cohesionador que utilizan estas monarquías para unir sus pueblos con culturas diferentes que solo comparten sus creencias religiosas.

El calvinismo alimentó también los deseos de independencia de las Provincias Unidas del Norte de los Paises Bajos: Holanda, Zelanda, Frisia, Groninga, Utrecht y Güeldres.
Cuando en 1566 estalaron las insurrecciones calvinistas, la represión, encargada al duque de Alba, se aplicó sin contemplaciones ni miramientos. El ajusticiamiento de dos líderes católicos como los condes de Egmont y Horn, antiguos jefes del ejército imperial, contrarios a la arbitrariedad de los sumarísimos Tribunales de Tumultos tuvo efectos opuestos a los deseados.
Considerados mártires de la independencia nacional, su muerte convirtió la sublevación en guerra abierta, dirigida por Guillermo de Nassau, el Taciturno, enemigo del Rey Prudente.
La expoliación fiscal, el desprecio por las instituciones locales y los desmanes de las tropas españolas en Amberes preciitaron, la unión temporal de católicos del sur y calvinistas del norte contra Felipe II.
Sólo la pericia diplomática del virrey Alejandro Farnesio logró retener a la Flandes católica bajo la autoridad española, mientras que las Provincias del Norte conseguían su segregación gracias al respaldo de Inglaterra y príncipes protestantes alemanes.

El Imperio de Carlos I de España


Desde Carlomagno nunca un príncipe gobernó sobre tantas tierras en Europa como Carlos I de España y V de Alemania. La política dinástica de los Reyes Católicos permitieron a Carlos de Habsburgo, nacido en Gante, reunir una herencia formidable.
Su padre Felipe el Hermoso, señor de los Países Bajos, muere en 1506.
Su madre Juana la Loca, se la considera incapaz de reinar y le asocia el gobierno de Castilla.
Su abuelo materno, Fernando II de Aragón, le declara heredero universal.
En 1519 su otro abuelo, Maximiliano I le lega los dominios de los Habsburgo en Austria. Ese mismo año en competencia con Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra es nombrado emperador del Sacro Imperio Germánico, a la edad de 19 años, apoyado por los Függer, banqueros de Worms, grandes prestamistas de la casa Habsburgo.

Exceptuando los conflictos de las comunidades de Castilla y las Germanías de Valencia, atribuibles a la inexperiencia y prepotencia de un joven príncipe, los enemigos del reinad
o de Carlos V se centraron en Francia, el Imperio Otomano y los principes luteranos de Alemania.

Francisco I de Francia, derrotado en la elección imperial y prisionero en su primer enfrentamiento con Carlos V intentó romper el cerco de los dominios de Carlos V en Francia, amenazada por un nuevo heredero de la Casa de Borgoña, emparentado ademas con los reyes de Portugal, Inglaterra, Dinamarca y Hungría-Bohemia. Para ello se alió con el papa Clemente VII, el sultán Soleimán II y con los príncipes protestantes del Sacro Imperio Germánico.

Se libraron cinco guerras entre 1521 y 1556 en los territorios de Italia, Navarra y Flandes, pero apenas variaron la situación anterior a 1519.
La victoria de Pavía consolidó al Milanesado como enlace entre los territorios de España, Austria y Flandes y aseguró el dominio de los Habsburgo en Italia hasta mediados del siglo XIX. El saqueo de Roma, la adhesión de Génova y la reinstauración de los médicis en Florencia eliminaron disidencias en la península salvo Venecia.


Sin embargo la mayor amenaza para el Imperio provino del sultán Soleimán I desde el Mediterráneo Oriental. Un soberano absoluto tan poderoso como Carlos V, después de expulsar de Rodas a los Caballeros de San Juan el soberano turco invadió Hungría amenazando Viena.
En 1532 su potencial militar, superior al de cualquier príncipe cristiano, obligó al emperador a firmar la paz de Nüremberg con la Liga de Esmalcalda para auxiliar a Viena.


Los principes luteranos del Imperio Germánico encontraron en la doctrina reformista argumentos para emanciparse del emperador. La desobediencia a la Iglesia Católica también implicaba a sus representantes, como el emperador. Además el llamamiento de Lutero a los nobles para que exterminaran a los protagonistas de la Guerra de los Campesinos, favoreció la adhesión de nobles a este credo que propagaba la "pasiva sumisión a la autoridad de los príncipes".


Ocho años después de que Lutero colgara en Wittemberg sus 95 tesis, el auge de los luteranos avanzaba. Las diferencias formaron dos bloques, el católico de Dessau y el luterano de Torgau. Aunque la Dieta de Spira plasmó el sentimiento de los principes: cada Estado sería libre de adoptar la confesión religiosa que quisiera siendo responsables solo ante Dios y el emperador, la negativa de Carlos V no dejaba mas opción que la guerra. Los Luteranos de la Liga Esmalcalda recibieron el apoyo de Francia, Dinamarca e Inglaterra.
La victoria imperial de Mülhberg resultó inútil. Traicionado por Mauricio de Sajonia Carlos V tuvo que claudicar. En la paz de Augsburgo, que consagraba finalmente la escisión reliciosa en el Sacro Imperio, Carlos V tuvo que admitir el principio de cuius regio, euis religio. Cada príncipe podría imponer a sus súbditos su religión.

Agobiado por las deudas provocadas por las guerras, que ni siquiera enjugaban los metales traídos de América y las concesiones hechas a sus acreedores, Carlos V fracasó en su proyecto de monarqía universal. Abdicó y repartió sus dominios entre su hijo Felipe (España, Italia, el Franco Condado y los Paises Bajos) y su hermano Fernando, a quien cedió los territorios patrimoniales de los Habsburgo en Austria. Retirado en el monasterio de Yuste, legó un Imperio herido pero todavía muy poderoso en ese momento.